¿Alguna vez has llegado a casa y te has encontrado con que tu perro ha destrozado unos zapatos, o ha volcado la basura por el suelo, o ha hecho sus necesidades dentro, o algún otro comportamiento inaceptable? Y, tan pronto como entras, tu perro se hace ver culpable, cabizbajo, con la mirada ausente y las orejas mustias, el rabo rozando levemente su vientre y el cuerpo agazapado. Este es el aspecto que la mayoría de los propietarios interpreta como un “sé que lo que hice está mal, perdóname, no volverá a pasar” y rápidamente deducimos, por nuestra astucia, que él sabe lo que hizo. Pero realmente lo que el perro sabe no es exactamente lo que el propietario, al ver la actuación, piensa de él.
Cuando llegamos a casa y divisamos una evidencia de mal comportamiento por parte de nuestro perro, lo primero a lo que tendemos es a enojarnos y/o frustrarnos y nuestro comportamiento transmite esa emoción a los perros. Algunos propietarios tienden a gritar en un tono enojado, otros tienen la evidencia frente al perro y le preguntan “¿Qué es esto?”. Cualquiera que sea nuestra reacción, que no suele ser la más agradable para nuestro perro, podremos ver que el perro sabe que está en problemas. Pero esa no es toda la historia.
Los perros son expertos del lenguaje corporal. Ellos saben que cuando estamos felices pasan cosas buenas para él ( o al menos nada malo sucede en lo general). También saben cuando estamos “locos” y saben que en esa situación lo mejor es pasar desapercibido. Ellos lo saben, porque durante su etapa de vida viviendo con humanos han asociado muchas de nuestras acciones con los comportamientos y las consecuencias. Cuando gritamos él aprende que es mejor mantenerse alejado.

Entonces ¿Que sucede cuando hace algo malo? Si ha vivido con anterioridad una situación similar, el perro sabrá que nuestra postura acarrea consecuencias no muy buenas para él, de ahí que nos muestre los signos de “culpa”. Pero esos signos no son de culpa, sino más bien un esfuerzo por parte del perro para mostrar sumisión hacia nuestra imagen con la esperanza de que las cosas no vayan por mal camino. A menudo empeoran las cosa cuando se les grita más porque para nosotros es obvio que él sabe lo que hizo mal, pero en realidad él está tratando de transmitirnos el mensaje de “yo no te haría daño, por favor no me lo hagas tu a mí”. El pobre perro se convierte en aún más culpable cuando ejercemos algún tipo de castigo, porque sus intentos de apaciguar la ira no han funcionado por lo que se hace aún más sumiso en apariencia. Pero el pobre perro no tiene ni la más remota idea de por qué nos volvimos locos. Él no puede entender que el acto se hizo anterior al momento (incluso 5 minutos atrás) y por eso se le amenaza.
Este es un ejemplo de cómo los seres humanos proyectamos nuestro comportamiento a cualquier ser vivo y asumimos que piensan y actúan de la misma manera. Creemos que nuestro castigo posterior (gritar o castigar al perro) funciona porque cada vez que llegamos a casa y se repite la situación, el perro actúa del mismo modo, por lo que seguimos castigándolo. Pero si nuestro castigo realmente funciona, es decir, si el perro sabe que lo que hizo está mal, debería dejar de hacerlo. Pero no, ¿verdad? Esto se debe a que no hace la conexión entre castigo y crimen. La única manera de que el castigo funcione en relación al crimen es pillarlo “con las manos en la masa”. Los perros asocian las cosas que suceden en el mismo momento, no horas o incluso minutos más tarde. Por lo tanto, cuando llegamos a casa y se muestra culpable, lo que está haciendo en realidad es relacionar la evidencia (basura u heces en el suelo, restos de destrozos o lo que sea que haya hecho) con nuestro comportamiento agresivo y trata de apaciguarnos siendo sumisos para evitar el estallido posterior.
Si quieren probar esto, pongan una de las evidencias (basura, heces, restos de destrozos, etc) en una habitación sin el conocimiento del perro. Entonces lo llevamos allí y actuamos del mismo modo que hacemos siempre ( gritando o acusando) y observemos la actuación del perro. Lo más probable es que actúe del mismo modo, intentando mostrarse sumiso, ¡y ni siquiera ha hecho nada!
La reflexión de todo esto es que debemos castigar al perro SOLAMENTE si lo descubrimos en el acto “con las manos en la masa” y solo en la medida de lo necesario para hacer que el perro deje de hacerlo, es decir, si con un simple “NO” el perro se detiene, eso es todo lo que necesitamos hacer. Una vez que el perro deja de portarse mal, dejamos de reprimirle/castigarlo. De lo contrario, basta con retirar al perro de la habitación, limpiar el desorden, y hacer un voto de confianza de que no vuelva a ocurrir.